Como una nena chiquita, me gusta pensar que "cuando sea grande" voy a tener una colección de tazas y juegos de té.
Tazas, tacitas, tazones; para la infusión casual de las five o'clock, el café de la medianoche o para un whiskey inceremonioso a las cinco de la tarde. Tazas de todos los motivos, de colores extravagantes, de diferentes formas y tamaños, de diferentes precios.
A las más baratas, las más feas, las más frágiles o a las que quiera más por alguna razón, las voy a reservar para ser rotas en momentos de iracunda desazón, depresión galopante o por el simple hecho de querer quebrar algo, ésa sensación insospechada de poder que se instala en tus manos ante algo frágil y desabrido... Futuros cadáveres ficticios por los que el policía de la esquina no va a poder interrogarme cuando me deshaga de ellos en la basura.
(... no hacía falta que me mintieras; no ibas a terminar con tu carita de porcelana destrozada y tus sesos embadurnando el piso)
Veinte cuadras de tristeza
Hace 8 años