Dormir entre cuatro y seis horas por día durante mucho tiempo... bueno, hace mal.
Es verdad que perdés la noción de qué día es (porque estabas acostumbrado a saber qué día había terminado y qué día había comenzado por acostarte a dormir antes de las doce), y que a veces te preguntás si realmente pasó o si fue solamente un sueño. A veces te duelen todas las coyunturas de los huesos, y tenés que tomar complejos vitamínicos que te ayuden a darle al día lo que se merece. Los dolores de cabeza y el cansancio se esconden en cada rincón, acechando, esperando a que estés distraído para saltarte encima, en cualquier momento del día.
Obviamente terminás con las ojeras timburtonezcas con las que ya naciste por el piso, el humor quisquilloso y peligrosamente volátil de aquéllos dragones de los cuales tu mamá te contaba antes de dormir (cuando todavía dormías), y que el 94% del tiempo en realidad estás pensando en matarte, pero sabés que estás haciendo todo ésto por que vale la pena...
Y porque hay días en los que te permitís dormir a las once y media de la noche para despertarte al mediodía del día siguiente, enredada entre las cablecitos del MP3, el celular, inmovilizada por las sábanas y dos gatos ronroneando encima tuyo. Sí, ésos días en los que te acurrucás y te importa tres carajos el mundo, cuando tratás de hacer que todos los dolores (y torturas mentales) paren, también existen y los apreciás más que nada en el mundo.
Más que a los medicamentos, aunque los dolores vuelvan, de a poquito...
Pero no, querida, vas a tener que esperar hasta que mi voluntad se doblegue.
Y ésas cosas pueden tardar siglos.
Veinte cuadras de tristeza
Hace 8 años