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Es un guardapolvos, no una sotana.


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Mientras esperaba el colectivo esta mañana no pude evitar notar que la señora que estaba en frente de mí tenía la mochila abierta, detalle que tuve la genial idea de mencionarle y que ella utilizó como llave del séptimo sello en un apocalíptico monólogo acerca de cómo se quebró el hombro, de su trabajo en la escuela, de la vicedirectora que no le deja salir antes para irse al kinesiólogo, y de que tengo que arrodillarme ante Jesús Misericordioso, porque me va a cumplir todos mis deseos. Y a todo ésto, yo solamente sonreía como estúpida, rogándole a su Jesús Misericordioso, con los últimos vestigios de alma cristiana que me quedan, la gracia de un milagro para que ésa mujer se callara o, en su defecto, llegara el colectivo.

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