(Oui, je suis obsédée par monsieur Dolan. Fiche-moi la paix).
Es obvio que mi inexistente interés romántico no es más que una madeja de hilos que se van pasando los gatitos que tengo en la cabeza. Lo más que llegó a gustarme alguien fueron siete meses (and BTW, congratulations there, mister Rabbit).
No es que no quiera, es que sencillamente no puedo.
A pesar de que ciertamente no estoy hecha para éso, tengo ésos días raros en que puedo permitirme analizar (y tan metódicamente, que termina en una triste pseudo-experiencia científica) qué ocurriría si aceptara la compañía de alguien. O viceversa... Okay, más bien viceversa.
Me imagino cómo sería, y si llegaría a ser como en aquéllas historias imperecederas, con amores a primera vista, coqueteo empalagoso, besos casi desganados o apasionados, abrazos sin lugar en el tiempo... si todo sería así de perfecto, como ésos amores imaginarios que tiene uno la posibilidad de espiar entre las palabras. ¿Se sentirá así? ¿Será igual? ¿Me besará o tocará de ésa manera, ficticia y perfecta?
No soy tan difícil de complacer. O quizás sí, porque no quiero flores, ni chocolates, o mensajes con declaraciones de amor a las tres de la mañana. No hay nada que me fastidie más que las llamadas (que tengo que esconder), y generalmente me aburre que lo único que quieran regalarme sean peluches o libros.
No quiero nada, nada de éso.
... últimamente lo único que quiero es que alguien me dispare en Beijing.
Veinte cuadras de tristeza
Hace 8 años