¿Querés hacer un monstruo? Tomá las partes de vos mismo que te hacen sentir incómodo —tus debilidades, malos pensamientos, vanidades y apetitos— y fingí que están al otro lado de la habitación. Es demasiado horrible ser humano. Es demasiado horrible ser quien sos. Los chicos están asustados de la oscuridad porque no tienen nada real con que trabajar. Los adultos están asustados de sí mismos.
(Richard Siken)
Tengo 20 años y odio los Lunes. Nunca desayuno, o lo hago apurada, y a veces llevo las uñas pintadas. Estudio Medicina y tomo analgésicos que no debería, además de un complejo multivitamínico que no sirve para nada. Trato de estar ahí quince minutos antes de las hora fijada y apunto hasta los detalles más nimios a la velocidad de la luz con mi caligrafía espantosa y desarrapada. Uso mi lecho como escritorio, al escritorio de cama, y de vez en cuando me refugio en las ojeras de alguien más.
El Verano no hace más que amargarme y amalgamar mis muchas capas de escepticismo total. Tengo problemas para dormir, aunque el café no me hace nada, y el mate generalmente hace que me retuerza de acidez. No como de vez en cuando por el simple hecho de que me dá pereza cocinar, si bien soy perfectamente capaz de seguir una receta y aderezarla a mi antojo, así como improvisar. Odio lavar los platos, si bien no tanto como planchar y le tengo cierto cariño al lavarropas, también conocido como "el otro hijo de mi mamá". Dejo las ollas sin lavar y la cama sin arreglar, me olvido de infusiones como si de usar tildes se tratara, la ropa sucia y los libros desordenados suelen acumularse al lado del placard.
Sé usar un pentáculo y leer un pentagrama, también deslizar un arco sobre las cuerdas de un violín casi tan perfectamente como calcular en qué luna estamos, pero depende absolutamente de la hora. Me gusta adelantarme a las cosas, imponer respeto y usar el sarcasmo para hacer reír a los demás. La ciencias políticas me encantan, pero desde un entorno absolutamente hipotético, aunque más me preocupa el calentamiento global. Los gatos me enternecen más que los vástagos ajenos y, a veces, de la nada, me entran ganas de llorar.
Considerando todo esto, supuestamente, la oscuridad ya no debería darme miedo... pero sí, todavía le tengo horror a lo que mi volátil imaginación pueda crear, y por éso me quedo hasta las tantas de la madrugada hablando con vos.